El barrio
He vivido en un barrio madrileño pobre, humilde. En realidad un gueto, al menos es así como lo recuerdo. Sus edificaciones, humildes de color rojizo, anaranjado. En él crecí, en el viví. Me he perdido por sus calles, oscuras y deprimentes, visto lo que nadie tendría que ver. Conviví con el hambre. No guardo gratos recuerdos de mis vivencias en él. Recuerdo los entranañables recreativos, donde todos los chavales nos reuníamos, donde pasábamos el tiempo, en la desesperanza, en la agonía de un futuro sin futuro. En pensar, ¿quien será el proximo?
Crecí con al lacra de la droga. En los rincones mas oscuros, la gente se ha dejado su vida pico tras pico. No importa la edad. La droga no tiene en consideración la edad. Atrae a cualquier ser humano. Les veías caminar por las calles, encorvados, desgreñados, en busca del "caballo" para aliviar el sufrimeinto. Desdentados, con ojos hundidos, implorando, tal vez, la muerte. Las jeringas eran parte del mobiliario y testigos mudos de aquellas muertes anunciadas, de la sentencia a morir de la manera mas ignominiosa que se pudiera imaginar.
Muchos amigos cayeron en ello. Aun no me explico, o tal vez si, como es posible que yo me apartara de aquel camino. Convivía en el filo a diario. Veía a diario, como aquellos desgraciados muchachos d eno mas de dieciseis años, con el brazo desnudo se inyectaban la papelina en la vena, mientras que la cuchara, donde quemaban el "jaco", descansaba a su lado, indiferente a todo lo que le rodeaba.
Lo peor no es la inyección. Son los ojos. Los ojos vidrisos, sin vida, mirando al frente, a ninguna parte, al infinito, a la muerte. El mero recuerdo, hace que mi cuerpo se estremezca, tiemble ante lo que mi memoría, tráe a mi cabeza.
Despues de aquello, venía el duelo. Salías a la calle. Un coche de polica. Una ambulancia. Una nueva victima. Un amigo muerto. Alguien al que has visto crecer, jugar al futbol siendo niños, y por que no, enamorarte platónicamente de la profesora de historia o de alguna compañera, con el que compartías sueños, sentados en las praderas del parque, viendo pasar a los coches. Supongo que éramos conscientes de lo que nos rodeaba y que deseábamos salir de allí. La miseria que nos rodeaba, las pocas oportunidades que nos concedían por venir de donde veníamos. Siempre con ese estigma. Aquel muchacho, aquel amigo, no aguantó, se despidió tirado sobe un charco de vómito, revozado en su propios orines. Una visión espeluznate y que siempre me persigue. Y que me perseguirá para siempre.
Alguien dijo una vez, vive rapido, muere joven y tendrás un cadáver bonito. Es la mayor falacia que un ser humano puede decir.
No todo fue basura. Claro que no. Sería caer en el absurdo. ¿Alguien ha tenido amigos, mejores de los que se tienen a los diez años? Yo no. Lo confieso. Nos divertíamos como podíamo. Con imaginación. No quedaba otra. No lo recuerdo, pero supongo que fuimos felices.
No he vuelto a pisar aquellas calles. Sinceramente, tampoco lo deseo. Se que ha cambiado. Que ya no es lo que era. Para muchos, demasiado tarde.
Yo tomé otra senda, llegar a mi Ítaca, recorrer mi camino de baldosas amarillas, para descubrir en Itaca a mi Penélope, para descubrir que tiene que haber algo tras el arcoiris. Si observo el cielo, me encuentro con las estrellas resplandecientes, con el recuerdo de aquellos que ya no están, que nos comtemplan desde la infinitud de la mamoria.
Por ellos, para ellos.




Comentarios sobre El barrio
Roma, cualquiera que lea esto podrá situar casi perfectamente de que barrio y de que época hablas, por si acaso, una pista, un barrio de Madrid y los años dificiles de la post-transición. Días duros y situaciones dramáticas para adolescentes que dibujaban un futuro; conseguimos salir de allí con cicatrices pero a salvo, dispuestos, como bien dices, a buscar detras del arco iris, cual Dorita, pero sin coletas, que ni a ti ni a mi, nos favorecen.
Yo vuelvo de vez en cuando, para bien o para mal pasé 24 años de mi vida allí y todavía recuerdo que en aquellas calles oscuras comencé a crecer como persona y aprendi, afortunadamente, las primeras lecciones sobre el bien y el mal ...
Sabes? aún recuerdo la vergüenza que me daba siempre el decir en que barrio vivía, era como que la gente se iba corriendo cada vez que decía cual era, pero tengo que decir, ahora después de tanto tiempo, que me siento orgullosa de haber pasado mi infancia allí, porque me ha echo fuerte y me enseñaron a afrontar la vida desde el punto mas dramático posible, si pudimos superar aquello, podremos superar todo lo que nos venga y siempre con la cabeza bien alta. ROMI LO HICIMOS PERFECTO................
Un beso muy fuerte......
En un mundo perfecto, todo sería perfecto. Y por desgracia, no lo es. Te inmunizas, dejas de sentir, te endureces, construyes un muro a tu alrededor, que nadie puede asaltar. Supongo que es la vida...